
En octubre del año 1991, cuando aun no había cumplido los 18 años, comencé la facultad. Entonces todavía había números clausus en bastantes carreras, no así en la que yo quería cursar. En segundo de B.U.P. había decidido que iba a estudiar Ciencias Físicas, y un par de años después allí estaba yo, a las puertas de la facultad, sin haber reflexionado ni por un segundo sobre adonde me iba a llevar aquella decisión algo infantil, y pensando que era un camino de rosas lo que me esperaba.
De los primeros meses en la facultad, en los que además tenía que ir a clase por la tarde, (lo que era un problema para alguien tan dormilón como yo, que no sabía que se hacia con las mañanas si no era estar en clase) recuerdo el camino desde la facultad hasta la estación de metro. Entonces el autobús ni siquiera llegaba hasta la facultad, y tenía que cruzar la pista de Ademuz por un puente que pasaba por encima de la carretera. Todo esa parte de la ciudad era nueva para mí. Sólo había estado una vez antes, años atrás, cuando aún estaba en el colegio, y a mi padre le operaron de una hernia en el hospital Arnau de Vilanova, que cae por allí. En esos años todo aquello era una huerta, hoy en día cuando voy por allí con el coche, se me cae el alma a los pies , pues es una de las zonas mas asfixiantes de Valencia, cortesía de la especulación inmobiliaria. No se parece en nada a mis años de facultad, y mucho menos a aquel recuerdo prehistórico ya de los ochenta, cuando salía del hospital con mi hermana, y ella me cogía de la mano mientras esperábamos el autobús de regreso a casa, en el medio de ninguna parte.
Recuerdo una tarde en especial. Era finales de octubre, cuando ya anochece pronto ,y la luna brillaba alta en el cielo, casi completa. El viento restregaba algunas hojas muertas alrededor del puente que cruza la pista, y yo caminaba a grandes zancadas al salir de clase, todavía repleto de entusiasmo. Sonaba en mi cabeza una música de Wim Mertens que tiene por nombre Fe, y el sonido del piano, rotundo y nervioso, me hacía sentir que iba directo hacia algún lugar hermoso en el futuro inmediato. Eran los primeros días, y todo era todavía de color de rosa.
Desafortunadamente, no tardé en darme cuenta de que las cosas no eran como yo me lo esperaba. A menudo me sentía desbordado por la cantidad de información mediocremente presentada con la que nos obsequiaban los profesores, y eso me resultaba muy frustrante. También recuerdo las fechas de los exámenes parciales colgando por encima de nosotros como espada de Damocles. Nunca he entendido demasiado la necesidad de los exámenes en el proceso educativo, pero en una carrera universitaria, donde se supone que el deseo debería tener algo que decir, me parecían sencillamente una broma de dudoso gusto, sobre todo por el carácter de encerrona con el que siempre se me han presentado, en los que yo tenía todas las de perder. Recuerdo lo poco que me cundía el tiempo de estudio, pues entre que me distraía con el paso de una mosca, y que tenía la costumbre de no creerme por auto de fe nada sobre lo que no hubiera reflexionado y comprendido antes (cosa que ante tanta materia me resultaba casi imposible, por mucho que me obsesionara) se me pasaban las semanas sin que avanzara demasiado.
Esa fue la constante a lo largo de los seis años que estuve allí. La constante que acabó apartándome definitivamente de la idea de hacer el doctorado. Mis calificaciones esos seis años fueron bastante mediocres, no lo suficiente para que me empantanara en la carrera y decidiera abandonar, pero sí para tener un expediente académico bastante flojo, y ninguna gana de competir por una beca. No estaba preparado. Simplemente no me interesaba. En el fondo lo único que me interesaba, era comprender, comprender de verdad cualquier punto concreto en el que me tuviera que detener pues no lo entendía, y las veces que conseguía alcanzar un grado de comprensión moderadamente aceptable,eso resultaba para mí compensación suficiente. Como también lo eran las contadas ocasiones en que las matemáticas lograban desembocar en resultados palpables, que explicaban algo del mundo de alrededor, como aquella vez en la que, uno de los pocos profesores que sentían amor por lo que hacían, consiguió tras una detallada explicación, exponer en el aula de forma convincente la razón por la que el cielo es azul por la mañana, y por la que ,a medida que la Tierra gira, el cielo va volviéndose de color rojo, hasta que el sol llega a su ocaso.
De aquellos años guardo algunos buenos recuerdos, pero ninguno asociado a los infantiles deseos de cuando comencé. Recuerdo por ejemplo una tarde en la que teníamos una de esas insufribles prácticas de laboratorio que tanto odiaba.Un grupo de amigos habíamos quedado mucho antes para comer en un cercano campo de tiro abandonado por el ejército en las montañas de Paterna, y después de comer nos metimos a explorar, (al mas puro estilo Tom Sawyer y Huckleberry Finn), toda una serie de túneles y galerías excavados en plena montaña. Como no traíamos linterna, uno de nosotros no tuvo mejor idea que empezar a quemar apuntes de clase para iluminarnos el camino y que no acabáramos en lo mas profundo de uno de los pozos, haciéndole compañía a algún gato muerto. Llegamos al laboratorio tarde, con los zapatos llenos de tierra,pero yo al menos sintiéndome feliz , con la sensación de que esa tarde me había sentido vivo en medio de la monotonía y de la abulia que poco a poco se estaba apoderando de todo.
Otro recuerdo muy hermoso que tengo es el de las tardes en casa de mis padres, cuando estudiaba en mi habitación, y mi tía abuela venía a despedirse de mí, antes de marcharse a su casa. Cuando se acercaba para que le diera un beso, miraba por encima de mi hombro lo que escribía y me decía "siempre que vengo estás con lo mismo, escribiendo los mismos numeritos"; poco importaba que ese día fuera una asignatura de primero o de quinto, Mecánica Cuántica o química general. Para ella, yo estaba siempre " haciendo los mismos numeritos" y era incapaz de distinguir una cosa de otra, aunque yo intentara explicarle las diferencias.
El penúltimo año de estar allí toqué fondo. La asignatura más compleja y mas moderna de toda la carrera pasó por delante de mí y se fue exactamente igual que había llegado. Aprobé Teoría Cuántica de Campos con un cinco pelado y con la profunda sensación de que no había entendido absolutamente nada.
Una mañana de enero estaba en la biblioteca, rascándome la cabeza perplejo ante los apuntes de aquella asignatura. Sentados en una mesa cercana, indiferentes a mi presencia, dos profesores del departamento hablaban de sus cosas, de política de departamento, como supongo que seguirán haciéndolo ahora, con la reforma de Bolonia en boca de todo el mundo. A través del ventanal de la biblioteca, yo observaba el cielo del invierno. Un día helado y grisáceo, con el sol oculto tras pesadas nubes color de plomo. En las ramas de un árbol cercano, despojado ya de sus hojas, un pajarillo se balanceaba sacudido por el viento. Era un árbol muy alto, y el pajarillo estuvo largo rato posado entre las ramas mas elevadas. Un punto inmóvil balanceándose al compás del viento, cerca del tronco, alto y delgado, en el cielo opaco del mes de enero. Estuve contemplándolo durante un buen rato, olvidados los apuntes encima de la mesa, de manera que perdí la noción del tiempo, hasta que por fin se marchó volando de allí.
La carrera acabó, y yo también me marché de allí, y con los años comencé a olvidar lo poco que había aprendido. Un día, cuando trabajaba como profesor de ofimática por los pueblos del interior de Valencia, mientras los alumnos hacían uno de los ejercicios que les mandaba , intenté recrear en la pizarra de un salón parroquial un ejercicio clásico de Electromagnetismo. Dibujaba los vectores y los campos, y recordaba las palabras de Richard P. Feynman, cuando describía el campo electromagnético, y confesaba que llevaba 30 años de su vida intentando imaginar esos campos ondulantes y sinuosos propagarse por el espacio, intentando entender qué es lo que significan , sin estar muy seguro de haberlo conseguido.
En enero de 2005 estaba en mi momento más bajo, laboral y sentimentalmente hablando. No se me ocurrió nada mejor para empezar el año que hacer limpieza de papelotes de la carrera. Tiré casi 12 bolsas de basura de apuntes que llevaba una década sin hojear. Al verlos de nuevo sentí una punzada de melancolía. Sin embargo, mi inconsciente se encargó de eliminar sólo el material que era prescindible y facilmente recuperable.
El año pasado llegó el momento que tanto esperaba y que pensé que nunca iba a llegar. El día que todo lo demás estuvo en orden, abrí la vieja carpeta de Teoría Cuántica de Campos, y hoja a hoja, con la paciencia del arqueólogo, comencé a reelaborar todo aquello que en su día no comprendí y que por ello me resultó tan doloroso.
En esas estoy. No tengo prisa. Ahora cuando me rasco la cabeza perplejo, tengo bastante menos pelo que en 1996, y como vivo en la otra punta de la ciudad, mi tía abuela, venerable nonagenaria, ya no puede venir a visitarme cuando me pongo a hacer numeritos, pero a veces, cuando entiendo algo de lo que entonces no entendí, recuerdo el pajarillo en la rama. Aquel día me distraje con lo que en teoría menos importaba. En realidad aquel día me distraje con lo que es más importante. Lo que de verdad da un sentido a mi esfuerzo, y me empuja hacia el regreso, que llegará algún día.