lunes 10 de agosto de 2009

Recuerdo de Maria A.





Fue un día del azul septiembre cuando,
bajo la sombra de un ciruelo joven,
tuve a mi pálido amor entre los brazos,
como se tiene a un sueño calmo y dulce.

Y en el hermoso cielo de verano,
sobre nosotros, contemplé una nube.
Era una nube altísima, muy blanca.
Cuando volví a mirarla ya no estaba.

Pasaron, desde entonces , muchas lunas
navegando despacio por el cielo.
A los ciruelos les llegó la tala.
Me preguntas: "¿Qué fue de aquel amor?"
Debo decirte que ya no lo recuerdo,
y, sin embargo, entiendo lo que dices.
Pero ya no me acuerdo de su cara
y sólo sé que, un día, la besé.
Y hasta el beso habría ya olvidado
de no haber sido por aquella nube.
No la he olvidado, no la olvidaré:
era muy blanca y alta, y descendía.

Acaso aún florezcan los ciruelos
y mi amor tenga ahora siete hijos.
Pero la nube sólo floreció un instante:
cuando volví a a mirar, ya se había hecho viento.

Berltot Brecht. 1898-1956


viernes 31 de julio de 2009

Ernst Shackleton explorador de la Antártida (cuarta parte)



Pero todavía queda una nueva dificultad por superar. Han to
mado tierra en el extremo opuesto de la isla. Para llegar a la estación ballenera, destino de su travesía, deben de atravesar toda la línea montañosa que recorre la isla de Georgia del Sur. Una ascensión que a nadie se le ha pasado por la cabeza llevar a cabo hasta entonces. En la bahía del rey Haakon se quedan McNeish y Vincent, demasiado débiles para realizar la escalada. El 15 de mayo, Shackleton,Crean y Worsley enfrentan el desafío de atravesar la cadena montañosa, para ello deberán sortear glaciares y extensas regiones pobladas únicamente por la nieve y el hielo. No disponen de tienda de campaña en la que resguardarse del frío nocturno, ni de calzado adecuado ( para no resbalar sobre el hielo, colocan sobre sus botas clavos procedentes del James Caird). A lo largo de su penosa ascensión extraviarán el camino más de una vez. A las cinco de la mañana, exhaustos, se dejan caer junto a una gran roca. Crean y Worsley se duermen inmediatamente. El sueño también comienza a apoderarse de Shackleton, pero sabe que si se quedan dormidos los tres, ya no volverán a despertar. Al cabo de cinco minutos les despierta y les dice que han dormido media hora. Deben de continuar la marcha.

A la una y media de la tarde del día siguiente han llegado al punto más alto de su ascensión. Han alcanzado la última cumbre, y en ese momento distinguen, 2500 píes más abajo, la forma de un pequeño bote entrando en la bahía y enseguida, la estación ballenera y pequeñas figuras humanas agitándose a su alrededor. Por primera vez desde que el Endurance quedó atrapado en el hielo, meses atrás, la esperanza revive alrededor de ellos. Emocionados, se dan la mano y se felicitan mutuamente. Pero el descenso hasta la estación ballenera es tortuoso, pues no encuentran pasos practicables cerca de donde se encuentran, rodeados por precipicios que caen a pico hasta el nivel del mar. Finalmente se ven obligados a sumergirse en una catarata una catarata de aguas semi heladas que que se precipita a lo largo de 30 pies entre acantilados.

Cuando finalmente hacen su entrada en la estación ballenera, se encuentran en primer lugar con una par de muchachos a los que preguntan por la persona al mando. Sus cabellos y sus barbas son largas y desgreñadas y en más de un año no han podido limpiar sus ropas. Ante semejante visión, los muchachos no les contestan y corren asustados hacia la estación lo más rápido que pueden.

Tras rescatar a los compañeros que les esperan en la bahía del Rey Haakon, el 23 de mayo se embarcan en el ballenero británico Southern Sky con rumbo a la isla Elefante, pero a sesenta millas de su destino, de nuevo la amenaza del hielo les obliga a detenerse en las islas Falkland. Tras varios intentos infructuosos, el gobierno chileno pone a su disposición el Yelcho, un vapor con el que finalmente conseguirán alcanzar la Isla Elefante.

El 30 de Agosto de 1917 Shackleton saluda desde la proa del Yelcho a los hombres que en la isla Elefante agitan sus brazos saludando la llegada de la nave. "¿Estáis todos bien?"-le pregunta desde allí a Wild-" todos seguros, todos bien"- contesta éste. Supongo que en ese momento Shackleton consideró que podía dar por cumplido el imperativo que se exigió a si mismo meses atrás.

Ernest Shackleton quiso pasar a la historia por ser el primer hombre en conquistar la Antártida. Fracasó en su objetivo original, pero a través de aquel fracaso alcanzó un triunfo mucho más grande, mucho más emotivo y humano. No creo que exista eso que llamamos a veces "el destino" puesto que el destino siempre guarda silencio. Y cuando creemos escucharle, pocas veces parece responder a lo que esperamos de él, pero si he de pensar en alguna ocasión en la que el destino ha hablado, me parece que eso ocurrió en la aventura de Shackleton, tan maravillosa que casi no me parece real.

" Hemos sufrido, pasado hambre y triunfado - escribió Shackleton en su diario- nos hemos venido abajo y después nos hemos agarrado a la gloria. Hemos visto a Dios en Su esplendor, escuchado el texto que la Naturaleza representa. Hemos alcanzado el Alma desnuda del Hombre."

"... Honor y reconocimiento en caso de éxito ... "

Referencias:

Cool Antartica : Ernst Shackleton and the Endurance Expedition
Atrapados en el Hielo (Endurance). 2002.

viernes 26 de junio de 2009

Ernst Shackleton, explorador de la Antártida (tercera parte)


La llegada a la isla Elefante supuso un momentáneo respiro para los náufragos del Endurance, pero su situación continuaba siendo crítica. Se encontraban alejados de cualquier ruta de navegación, por lo que era inútil esperar un rescate. El lugar más cercano en el que pueden esperar encontrar auxilio es la isla de Georgia del Sur, pero se encuentra a 800 millas, y llegar hasta allí supone atravesar la región oceánica más tormentosa del mundo. Además sólo disponen de tres botes salvavidas, en absoluto pensados para semejante desafío. A pesar de ello, Shackleton sabe que sus escasas posibilidades pasan irremediablemente por alcanzar Georgia del Sur, y decide intentar la travesía. Preparan para ello el James Caird: un minúsculo bote parcialmente cubierto con una lona, a todas luces insuficiente protección contra los vientos y las olas a las que están a punto de enfrentarse.

Al mando del campamento establecido en isla Elefante queda Frank Wild. La consigna para ellos es la de racionar los alimentos, protegerse del frío lo mejor posible y esperar la llegada de una nave de rescate en la primavera. En caso de que ésta no llegue, deberán intentar por sus propios medios alcanzar la isla de Georgia.

El 24 de Abril, el James Caird parte de la isla Elefante, justo un día antes de que el hielo vuelva a cerrarse detrás de ellos. Junto con Shackleton se embarcan cinco compañeros más: Worsley, Crean, McNeish, McCarthy y Vincent. Para orientarse en su viaje, disponen únicamente de un sextante y un cronómetro de escasa precisión. La travesía más alucinante en la historia de la navegación está a punto de empezar.

El James Caird se interna en el Océano Antártico y comienza su avance a una velocidad media de unas 60 o 70 millas al día, en medio de condiciones climatológicas adversas. A bordo es practicamente imposible mantenerse seco. Los cuatro sacos de dormir de los que disponen están constantemente empapados, y los hombres tienen que turnarse todo el tiempo en el manejo de la bomba manual que permite achicar el agua que penetra sin cesar en la embarcación y amenaza con hundirla.

A medida que pasan los días, el tiempo va haciéndose cada vez peor. La temperatura desciende continuamente, lo que provoca que la escarcha comience a formarse en el casco de la embarcación, aumentando su peso y acercando cada vez más la posibilidad del hundimiento. Además de achicar el agua, tienen ahora que ocuparse de arrancar el hielo del casco utilizando para ello cualquier herramienta disponible , lo que les provoca los primeros síntomas de congelación en las manos. A pesar de ello, no tardan en verse obligados a arrojar objetos por la borda para evitar que el sobrepeso los lleve a pique.

En el séptimo día de navegación un claro de luz se abre repentinamente en el cielo cerrado hasta entonces por las nubes. Inmediatamente , Worsley aprovecha para tomar una lectura de la posición del sol con el sextante , pero mantener el equilibrio suficiente para ello no resulta nada fácil en medio del viento y las olas que baten continuamente el mar. Han pasado 6 días de la ultima lectura que pudieron hacer, y no saben cuando tendrán otra oportunidad. La correcta medición es crítica, pues una interpretación errónea puede lanzarles hacia el medio del océano y alejarles definitivamente de su objetivo. Imagino a Worsley poniéndose en pie con dificultad en medio de la tormenta, mirando directamente al sol mientras calcula su posición, consciente de la responsabilidad que pesa en ese momento sobre sus hombros, y sabiendo que no puede demorarse, pues en cualquier momento el sol puede desvanecerse definitivamente. Con todo ese margen de error, Worsley estima que desde su partida han recorrido unas 380 millas, y están a mitad del camino hasta Georgia del Sur.

Durante un breve periodo de tiempo, disfrutan de la presencia del sol que comienza a disolver el hielo formado en la embarcación. Las condiciones atmosféricas les dan un respiro, y algunas aves marinas aparecen a su alrededor. El 5 de mayo, el onceavo dia desde su partida Shackleton cree distinguir un claro en el cielo lejano, pero no tarda en darse cuenta de que en realidad se trata de la cresta de la ola más grande con la que jamás se hubiera enfrentado. Apenas tiene tiempo de avisar a sus compañeros de la que se les viene encima antes de que el bote sea zarandeado brutalmente y todos ellos tengan que achicar el agua con cualquier cosa que tengan a mano, con el frenesí de quien está luchando por su vida. Durante unos minutos que se hacen interminables, temen por el hundimiento definitivo del James Caird, hasta que poco a poco sienten que la embarcación renueva su pulso vital bajo sus pies.

El 7 de mayo, una nueva lectura de Worsley les indica que están a sólo 100 millas del extremo noroccidental de Georgia del Sur. El 8 de mayo las aves marinas salen a su encuentro y al atardecer divisan tierra. Han tardado la mitad del tiempo calculado inicialmente para alcanzar la isla, en una travesía que hoy en día, con los medios de navegación actuales, seguiría considerándose arriesgada. Sin embargo, a pesar de que no les queda apenas agua potable, deben de esperar hasta la mañana siguiente para intentar alcanzar la costa, pues en ese lado las rocas son muy abruptas y el oleaje sigue siendo muy intenso.

El día 9 de mayo una súbita tormenta se desata y los empuja mar adentro con lo que durante algunos momentos angustiosos llegan a perder de vista la tierra firme. Al caer el día consiguen volver a divisarla, pero de nuevo es demasiado tarde para buscar una playa en la que desembarcar.

El 10 de mayo el viento amaina ligeramente y deciden intentar desembarcar, pero cada vez que se aproximan a la costa, el oleaje vuelve a alejarles mar adentro. Al atardecer encuentran finalmente un hueco en medio de los acantilados y al anochecer, tras muchos esfuerzos consiguen llevar la embarcación hasta una cueva en la llamada bahía del Rey Haakon. Concluye con éxito una travesía histórica, gracias a la determinación de Shackleton y a la habilidad de Worsley, que fue capaz de conducirlos hasta allí habiendo tomado únicamente cuatro medidas sobre la posición del sol, en unas condiciones dificilísimas y habiendo hecho el resto de la travesía absolutamente a ciegas.

La suerte del resto de sus compañeros retenidos en la isla Elefante dependía de ellos. De haber fracasado, ninguna expedición hubiera acudido nunca a rescatarlos.

miércoles 13 de mayo de 2009

El lugar donde la primera luz fue creada



Ultimamente
no tengo mucho tiempo para escribir en este blog. Además, la narración de la historia de Ernest Shackleton, contada tal y como a me gustaría que me la contaran, me ocupa más tiempo del que pensaba, pues es mucho lo que hay que contar, y las fuentes que he decidido utilizar para ello, están en inglés, y debo traducirlas para luego reelaborarlas, pero ayer murió Antonio Vega a la edad de 51 años, y me gustaría demostrar mi respeto hacia él dedicándole algunas líneas.


La historia de Antonio Vega tal y como la conocemos arranca en los ochenta, en los años de la famosa movida. La verdad es que la mayoría de los grupos de entonces eran bastante malos. En medio de tanta banalidad, destacaba fácilmente su talento tanto poético como musical, y sobre todo, su capacidad para exponer la fragilidad de su alma en sus canciones. Supongo que, semejante comportamiento "estrafalario" en el medio de aquella fiesta frívola fue lo que le ganó el apodo de "ese chico triste y solitario", apodo que a él nunca le gustó. De todas formas , yo era muy pequeño entonces,y no tengo ningún recuerdo personal de aquella época.

La primera impresión personal que tengo de su música es la de una explosión de belleza y vitalidad que se llamaba "Esperando Nada" y la escuché en la radio, mientras andaba por la calle una noche de 1991, aquella noche Antonio Vega estaba presentando en directo en Radio Tres su primer disco en solitario tras la etapa de Nacha Pop, y no necesité ni siquiera escuchar la canción entera para que la alegría por vivir que reflejaba grabara aquel instante en mi memoria hasta hoy.

En el tórrido mes de junio de 1993, yo pasaba examen tras examen en la facultad en un final de curso eterno. Cuando acababa uno de aquellos interminables exámenes, tenía un hambre de lobo (porque los nervios antes del examen me impedían probar bocado). En esos días adopté la costumbre de irme a nuevo Centro (por entonces el único centro comercial que había en Valencia) y comerme dos trozos de pizza recalentada y un helado malo de máquina que disfrutaba a fondo. Era el único momento del día en el que me relajaba, y mientras divagaba pensando en la forma en la que esferas puntuales rodaban en el interior de casquetes semiesféricos, pulsaba el play en el Walkman, y le escuchaba a él para recordarme que, después de todo, "la Física es un placer".

Cierta tarde de mayo de 1994, además de producirse un eclipse parcial de sol, Antonio Vega ofreció un concierto gratuito en el Palau de la Música, y acudí a él junto con S. apenas llevábamos unas semanas saliendo juntos entonces. Al terminar el concierto, nos perdimos juntos sobre el césped cercano al Palau, y allí nos quedamos totalmente solos, hasta que fueron más de las doce de la noche, y el sonido de los jardineros regando el césped nos devolvió a la realidad, y nos recordó que, después de todo había que irse a casa, por que al día siguiente no quedaba más remedio que ir a clase.

En realidad, la mayoría de mis recuerdos asociados a Antonio Vega son de la década de los noventa. En estos últimos 10 años, me distancié de su música. Por un lado, yo estaba enfrascado en mis propios problemas laborales, y por otro, él empezó a apagarse poco a poco. Recuerdo sin embargo algunas mañanas del año 2002 o 2003, cuando S. y yo aún vivíamos juntos, y yo me quedaba en casa por las mañanas estudiando. En esa época escuchaba bastante "De un lugar perdido", pues ella había comprado el disco compacto, y aunque me gustaba bastante escucharlo, yo no debía estar ya muy receptivo a su intensidad emocional. Al pensar en ello estos días, siento una cierta punzada de culpabilidad. Quizás si en lugar de llamarse Antonio Vega se hubiera llamado Leonard Cohen o Franco Battiato, o en lugar de ser una persona discreta e introvertida hubiera sido un animal de escenario como Loquillo, yo me hubiera esforzado más por seguir su historia y sus discos a lo largo de estos últimos años. Así, su muerte me ha resultado dolorosa por dos razones: por la misma pérdida de alguien tan valioso como él, y por la sensación de que no lo he valorado todo cuanto debiera haberlo hecho cuando aún estaba vivo.

Sin embargo, quiero pensar que, a la hora de hacer un balance ,quizas lo más importante sea que en determinados momentos de mi vida, su música me ha hecho sentirme más cercano a ese lugar maravilloso "donde la primera luz fue creada". Desearía de todo corazón que él hubiera alcanzado ya ese lugar, y en él hubiera encontrado por fin la Paz.


sábado 18 de abril de 2009

Ernest Shackleton, explorador de la Antártida. (segunda parte)


A lo largo de seis semanas, la Endurance avanzó internándose más y más entre el hielo del oceáno antártico, pero las condiciones atmosféricas no dejaban de empeorar a su alrededor. Después de recorrer aproximadamente 1000 millas, y cuando se encontraban a tan sólo 100 del continente, (apenas un día de navegación) el hielo se cierra definitivamente sobre ellos el 18 de Enero de 1915. Deteniendo completamente la marcha de la Endurance.

Es fácil imaginar la decepción de Shakleton ante este contratiempo. Tenía entonces 40 años. Su país estaba en guerra, y el esfuerzo necesario para poner en marcha la Expedición Endurance había sido enorme y difícil de repetir. Sabía que no tendría otra oportunidad, pero no puede dedicar el tiempo en exclusiva a lamentar su ocasión perdida. Están atrapados en medio de la nada, sin posibilidad por el momento de avanzar ni retroceder. A pesar de la intranquilidad lógica que les provoca su situación, los hombres confían en él, no les cabe duda de que a "El Jefe" se le ocurrirá algo para sacarlos de allí.

Aprisionada en un gigantesco bloque de hielo errante, la Endurance comienza a derivar lentamente hacia el Sureste. En los momentos en los que el hielo parece perder algo de su consistencia entorno al casco de la nave, se intenta la liberación de ésta rompiéndolo mediante barras de hierro, pero el esfuerzo resulta inútil. En febrero las temperaturas caen todavía más. La única esperanza que tienen es confiar en que el deshielo libere a la nave cuando el tiempo mejore.

Para matar el tiempo, la tripulación juega al fútbol en medio del hielo, hasta que la llegada de la noche Antártica les obliga a recluirse permanentemente a bordo de la Endurance. Es fácil imaginarse lo desesperado de su situación: sólos en medio del frío y de la oscuridad sempiternos de la Antártida, protegidos únicamente por un barco al que el hielo ya ha condenado a muerte. A pesar de ello, Shakleton se esfuerza en mantener en todo momento la moral de los hombres para evitar que se derrumben. Juegan a cartas,escuchan música e incluso organizan bailes de disfraces. La vida a bordo del Endurance en esos días es inmortalizada por Frank Hurley, el fotógrafo de la expedición, en toda una serie de instantáneas que son hoy la mejor prueba gráfica de lo que fue aquella aventura alucinante.

A esas alturas de la partida, es claro que sólo caben dos posibilidades: o bien el deshielo de la primavera libera a la nave, o la inclemencia del tiempo, (terribles ventiscas y bajísimas temperaturas) junto con la presión de las mareas terminan por aplastar el casco. Pasan los meses. En septiembre,se organiza una expedición para procurarse caza ( focas y pingüinos) porque las provisiones comienzan a escasear. En octubre, el hielo comienza a aplastar el casco, y Shakleton es ya consciente de que la Endurance está condenada, y sabe también que la expedición ha fracasado. Un nuevo objetivo vital comienza a tomar forma en su deseo, como ocurrió años atrás, cuando tuvo que renunciar a ser el primero en alcanzar la Antártida. Su nuevo objetivo,por el que peleará con todas sus fuerzas a partir de ese momento , es el de garantizar la supervivencia y el regreso de toda la tripulación, de la que se siente responsable. De un objetivo relacionado con su ego, se pasa a un objetivo de índole moral.

Hoy en día,se pone muchas veces a Shakleton como el ejemplo perfecto del "liderazgo en la empresa", sin embargo, aquí debo hacer de nuevo una puntualización personal. El "liderazgo en la empresa" al menos en las grandes corporaciones financieras y en las auditoras encargadas de "velar" por la transparencia de éstas, no tiene dimensión moral. Supone únicamente la manera de obtener el mejor rendimiento de sus recursos humanos, con el fin, como siempre, de maximizar el lucro económico, lucro que como hemos visto, no se reinvierte a la sociedad en su conjunto. Sino que, sencillamente no sabemos a donde ha ido a parar. Bueno, en parte sí lo sabemos, se lo han llevado los "lideres de la empresa" en forma de jugosas indemnizaciones. Además, al contrario que Shakleton, no han sido los últimos en abandonar el barco que se hunde, sino los primeros, y no han dedicado ni un segundo a pensar en como salvar a sus compañeros de viaje. Vemos de nuevo como la figura de Shakleton se ha utilizado interesadamente en la actualidad para intentar legitimar comportamientos que, una vez analizados, se muestran, al menos como yo lo veo ,totalmente contrarios a los que él demostró en la época de la Expedición Endurance.

A finales de octubre, Shakleton da la orden de evacuar definitivamente la nave, estableciéndose un campamento a pocas yardas del mismo. En los próximos días, el objetivo es rescatar del barco condenado todo el material (incluyendo las películas fotográficas de Hurley ) que sea aprovechable.

21 de noviembre de 1915. El Endurance finalmente se parte y se hunde bajo los hielos. La situación es crítica. A cientos de millas de la civilización, sin medios de comunicación, y con víveres muy limitados. Sin nave. Se encuentran en medio del Silencio Blanco de la Narración de Arthur Gordon Pym, en medio de la Tierra Baldía del poema de de T.S. Elliot. De acuerdo a las estimaciones de Shakleton, están en esos momentos a 346 millas de la isla de Paulet, punto más próximo donde pueden esperar encontrar alimentos y refugio, y que será el objetivo a alcanzar en un primer momento, pero debido al deshielo en rápido progreso,se encuentran a la deriva sobre un bloque de hielo vagabundo, que acelera su marcha libremente a través del Océano Antártico, lo que durante varios meses les hará desviarse de este objetivo original. En el momento en el que el hielo está fundiéndose literalmente bajo sus propios pies, Shackleton da la orden de embarcar en los botes que han recuperado de la Endurance. Su próximo destino: alcanzar la isla Elefante.


lunes 6 de abril de 2009

Ernest Shackleton, explorador de la Antártida. (primera parte)


"Se buscan hombres para un viaje peligroso.

Sueldo bajo.
Frío extremo.
Largos meses de absoluta oscuridad.
Peligro constante.
No es seguro volver con vida.
Honor y reconocimiento en caso de éxito".

Este es el impresionante anuncio por palabras con el que Ernest Shackleton, marinero y explorador irlandés reclutó a su tripulación para emprender su penúltima y legendaria expedición a la Antártida, en el año 1914.

En alguna ocasión he oído decir que este anuncio se pone hoy en día como ejemplo del buen hacer en las escuelas de Marketing. Más allá de las similitudes que puedan encontrarse, similitudes en la forma, me gustaría resaltar las diferencias entre el anuncio de Shackleton y el mundo del Marketing y la publicidad, al menos como yo lo veo.

En la mayoría de las ocasiones, una campaña de Marketing tiene como única finalidad la consecución de un objetivo material muy definido. El lucro económico. Se intenta vender un producto determinado al mayor número de personas posible. El mensaje utilizado para ello suele tener dos variantes. En la primera se pone el foco en el producto, exagerando vergonzosamente sus virtudes, intentando demostrar su supuesta superioridad sobre el mismo producto de la competencia.Tal exageración me resulta muchas veces ridícula, y me recuerda la actitud infantil de quien manifiesta abiertamente creerse mejor que los demás.

La segunda variante pone el foco en el consumidor, y básicamente, trata de convencerle de que será él el que sea mejor que los demás si consume su producto. Explota la inseguridad de las personas, para hacer ver que un objeto material puede sustituir aquello que estas no encuentran en sí mismas. A la felicidad por el becerro de oro.

En ambos casos el Marketing miente o tergiversa la realidad para conseguir un beneficio económico.

Con su anuncio, Shackleton no mintió ni tergiversó la realidad. Al contrario, ofreció lo que podía dar, y además, ofreció a a los otros exactamente lo mismo que él deseaba para sí. La gloria en caso de éxito. Con su anuncio (al contrario de lo que ocurre en las campañas de Marketing) no trataba a los destinatarios como objetos que manipular en beneficio propio. Les invitaba a compartir una experiencia personal decisiva, en el pensamiento de que lo que suponía para él un objetivo vital, también podía serlo para los demás.

Sí. Ernest Shackleton buscaba la gloria. ¿Quién podría reprochárselo? Todos tenemos un Ego. Nada malo veo yo en tratar de satisfacerlo cuando en el camino no se hace mal a nadie.,y más aún cuando lo que se busca es algo de validez y de belleza indiscutible. Shackleton persistió en ser el primer Ser Humano en alcanzar el Polo Sur. Lo intentó en dos ocasiones. En la primera tuvo que abandonar enfermo de escorbuto. En la segunda, se quedó a a penas 180 kilómetros de conseguirlo. Pero no pudo ir más allá y tuvo que emprender el regreso.

No habría una tercera ocasión. En 1911 Roald Admunsen se le adelantó. Tras la decepción inicial, una nueva idea se apoderó de su deseo, sería el primer hombre en cruzar a pie la Antártida, llegando hasta el mismo polo sur y sobrepasándolo. Una marcha a pie de 3300 Km. Eso era lo que tenía en mente cuando publicó su inolvidable anuncio.

Así pues, de esta forma, el 8 de agosto de 1914 ( el mismo día que comenzó la primera guerra mundial) junto con 28 hombres más, Shackleton partió del puerto de Plymouth. Mientras en las trincheras de Europa el ejercito francés y el alemán se despanzurraban mutuamente, una silenciosa embarcación atravesaba el Atlántico con destino a la Antártida. La embarcación se llamaba Endurance, (Resistencia). Shackleton la había bautizado así en recuerdo de su lema familiar " Por la resistencia, conquistamos" No iba a pasar mucho tiempo antes de que el viejo lema familiar fuera puesto a prueba, pero no de la forma que Shackleton hubiera esperado...


viernes 13 de marzo de 2009

Lo que recuerdo de la facultad




En octubre del año 1991, cuando aun no había cumplido los 18 años, comencé la facultad. Entonces todavía había números clausus en bastantes carreras, no así en la que yo quería cursar. En segundo de B.U.P. había decidido que iba a estudiar Ciencias Físicas, y un par de años después allí estaba yo, a las puertas de la facultad, sin haber reflexionado ni por un segundo sobre adonde me iba a llevar aquella decisión algo infantil, y pensando que era un camino de rosas lo que me esperaba.

De los primeros meses en la facultad, en los que además tenía que ir a clase por la tarde, (lo que era un problema para alguien tan dormilón como yo, que no sabía que se hacia con las mañanas si no era estar en clase) recuerdo el camino desde la facultad hasta la estación de metro. Entonces el autobús ni siquiera llegaba hasta la facultad, y tenía que cruzar la pista de Ademuz por un puente que pasaba por encima de la carretera. Todo esa parte de la ciudad era nueva para mí. Sólo había estado una vez antes, años atrás, cuando aún estaba en el colegio, y a mi padre le operaron de una hernia en el hospital Arnau de Vilanova, que cae por allí. En esos años todo aquello era una huerta, hoy en día cuando voy por allí con el coche, se me cae el alma a los pies , pues es una de las zonas mas asfixiantes de Valencia, cortesía de la especulación inmobiliaria. No se parece en nada a mis años de facultad, y mucho menos a aquel recuerdo prehistórico ya de los ochenta, cuando salía del hospital con mi hermana, y ella me cogía de la mano mientras esperábamos el autobús de regreso a casa, en el medio de ninguna parte.

Recuerdo una tarde en especial. Era finales de octubre, cuando ya anochece pronto ,y la luna brillaba alta en el cielo, casi completa. El viento restregaba algunas hojas muertas alrededor del puente que cruza la pista, y yo caminaba a grandes zancadas al salir de clase, todavía repleto de entusiasmo. Sonaba en mi cabeza una música de Wim Mertens que tiene por nombre Fe, y el sonido del piano, rotundo y nervioso, me hacía sentir que iba directo hacia algún lugar hermoso en el futuro inmediato. Eran los primeros días, y todo era todavía de color de rosa.

Desafortunadamente, no tardé en darme cuenta de que las cosas no eran como yo me lo esperaba. A menudo me sentía desbordado por la cantidad de información mediocremente presentada con la que nos obsequiaban los profesores, y eso me resultaba muy frustrante. También recuerdo las fechas de los exámenes parciales colgando por encima de nosotros como espada de Damocles. Nunca he entendido demasiado la necesidad de los exámenes en el proceso educativo, pero en una carrera universitaria, donde se supone que el deseo debería tener algo que decir, me parecían sencillamente una broma de dudoso gusto, sobre todo por el carácter de encerrona con el que siempre se me han presentado, en los que yo tenía todas las de perder. Recuerdo lo poco que me cundía el tiempo de estudio, pues entre que me distraía con el paso de una mosca, y que tenía la costumbre de no creerme por auto de fe nada sobre lo que no hubiera reflexionado y comprendido antes (cosa que ante tanta materia me resultaba casi imposible, por mucho que me obsesionara) se me pasaban las semanas sin que avanzara demasiado.

Esa fue la constante a lo largo de los seis años que estuve allí. La constante que acabó apartándome definitivamente de la idea de hacer el doctorado. Mis calificaciones esos seis años fueron bastante mediocres, no lo suficiente para que me empantanara en la carrera y decidiera abandonar, pero sí para tener un expediente académico bastante flojo, y ninguna gana de competir por una beca. No estaba preparado. Simplemente no me interesaba. En el fondo lo único que me interesaba, era comprender, comprender de verdad cualquier punto concreto en el que me tuviera que detener pues no lo entendía, y las veces que conseguía alcanzar un grado de comprensión moderadamente aceptable,eso resultaba para mí compensación suficiente. Como también lo eran las contadas ocasiones en que las matemáticas lograban desembocar en resultados palpables, que explicaban algo del mundo de alrededor, como aquella vez en la que, uno de los pocos profesores que sentían amor por lo que hacían, consiguió tras una detallada explicación, exponer en el aula de forma convincente la razón por la que el cielo es azul por la mañana, y por la que ,a medida que la Tierra gira, el cielo va volviéndose de color rojo, hasta que el sol llega a su ocaso.

De aquellos años guardo algunos buenos recuerdos, pero ninguno asociado a los infantiles deseos de cuando comencé. Recuerdo por ejemplo una tarde en la que teníamos una de esas insufribles prácticas de laboratorio que tanto odiaba.Un grupo de amigos habíamos quedado mucho antes para comer en un cercano campo de tiro abandonado por el ejército en las montañas de Paterna, y después de comer nos metimos a explorar, (al mas puro estilo Tom Sawyer y Huckleberry Finn), toda una serie de túneles y galerías excavados en plena montaña. Como no traíamos linterna, uno de nosotros no tuvo mejor idea que empezar a quemar apuntes de clase para iluminarnos el camino y que no acabáramos en lo mas profundo de uno de los pozos, haciéndole compañía a algún gato muerto. Llegamos al laboratorio tarde, con los zapatos llenos de tierra,pero yo al menos sintiéndome feliz , con la sensación de que esa tarde me había sentido vivo en medio de la monotonía y de la abulia que poco a poco se estaba apoderando de todo.

Otro recuerdo muy hermoso que tengo es el de las tardes en casa de mis padres, cuando estudiaba en mi habitación, y mi tía abuela venía a despedirse de mí, antes de marcharse a su casa. Cuando se acercaba para que le diera un beso, miraba por encima de mi hombro lo que escribía y me decía "siempre que vengo estás con lo mismo, escribiendo los mismos numeritos"; poco importaba que ese día fuera una asignatura de primero o de quinto, Mecánica Cuántica o química general. Para ella, yo estaba siempre " haciendo los mismos numeritos" y era incapaz de distinguir una cosa de otra, aunque yo intentara explicarle las diferencias.

El penúltimo año de estar allí toqué fondo. La asignatura más compleja y mas moderna de toda la carrera pasó por delante de mí y se fue exactamente igual que había llegado. Aprobé Teoría Cuántica de Campos con un cinco pelado y con la profunda sensación de que no había entendido absolutamente nada.

Una mañana de enero estaba en la biblioteca, rascándome la cabeza perplejo ante los apuntes de aquella asignatura. Sentados en una mesa cercana, indiferentes a mi presencia, dos profesores del departamento hablaban de sus cosas, de política de departamento, como supongo que seguirán haciéndolo ahora, con la reforma de Bolonia en boca de todo el mundo. A través del ventanal de la biblioteca, yo observaba el cielo del invierno. Un día helado y grisáceo, con el sol oculto tras pesadas nubes color de plomo. En las ramas de un árbol cercano, despojado ya de sus hojas, un pajarillo se balanceaba sacudido por el viento. Era un árbol muy alto, y el pajarillo estuvo largo rato posado entre las ramas mas elevadas. Un punto inmóvil balanceándose al compás del viento, cerca del tronco, alto y delgado, en el cielo opaco del mes de enero. Estuve contemplándolo durante un buen rato, olvidados los apuntes encima de la mesa, de manera que perdí la noción del tiempo, hasta que por fin se marchó volando de allí.

La carrera acabó, y yo también me marché de allí, y con los años comencé a olvidar lo poco que había aprendido. Un día, cuando trabajaba como profesor de ofimática por los pueblos del interior de Valencia, mientras los alumnos hacían uno de los ejercicios que les mandaba , intenté recrear en la pizarra de un salón parroquial un ejercicio clásico de Electromagnetismo. Dibujaba los vectores y los campos, y recordaba las palabras de Richard P. Feynman, cuando describía el campo electromagnético, y confesaba que llevaba 30 años de su vida intentando imaginar esos campos ondulantes y sinuosos propagarse por el espacio, intentando entender qué es lo que significan , sin estar muy seguro de haberlo conseguido.

En enero de 2005 estaba en mi momento más bajo, laboral y sentimentalmente hablando. No se me ocurrió nada mejor para empezar el año que hacer limpieza de papelotes de la carrera. Tiré casi 12 bolsas de basura de apuntes que llevaba una década sin hojear. Al verlos de nuevo sentí una punzada de melancolía. Sin embargo, mi inconsciente se encargó de eliminar sólo el material que era prescindible y facilmente recuperable.

El año pasado llegó el momento que tanto esperaba y que pensé que nunca iba a llegar. El día que todo lo demás estuvo en orden, abrí la vieja carpeta de Teoría Cuántica de Campos, y hoja a hoja, con la paciencia del arqueólogo, comencé a reelaborar todo aquello que en su día no comprendí y que por ello me resultó tan doloroso.

En esas estoy. No tengo prisa. Ahora cuando me rasco la cabeza perplejo, tengo bastante menos pelo que en 1996, y como vivo en la otra punta de la ciudad, mi tía abuela, venerable nonagenaria, ya no puede venir a visitarme cuando me pongo a hacer numeritos, pero a veces, cuando entiendo algo de lo que entonces no entendí, recuerdo el pajarillo en la rama. Aquel día me distraje con lo que en teoría menos importaba. En realidad aquel día me distraje con lo que es más importante. Lo que de verdad da un sentido a mi esfuerzo, y me empuja hacia el regreso, que llegará algún día.